Cuando lloras por ti y tu historia perdida, no por él

Cuando era adolescente (digamos, hace como 2 años) pensaba que llorar por un ex novio que se quiso largar era lo más bajo de lo bajo que podemos hacer como mujeres.

¡Deja de llorar! Es la instrucción que todas recibimos de nuestras amigas cuando estamos tiradas al drama.

Llorar desconsoladamente a los 16 era impensable. Que el tipo en cuestión se enterara de que estábamos llorando por su partida era suicidio social.

Conforme pasan los años caes en la cuenta de que llorar es lo más natural del mundo y nadie debería intentar controlarlo… que si el tipo se entera o no es de lo más irrelevante, igual ya se había ido de tu vida y 3. Que cuando uno llora por un hombre en realidad no llora por él, sino por tu historia perdida y tus sueños truncados.

Esto lo entendí clarísimo hace poco, cuando una amiga tronó con su novio de 5 años. Ha sido su único novio, el que creyó que era el amor de su vida, al que le apostó todo y por el que hizo todo lo que se hace cuando uno cree que el amor es eterno.

Tenían planes a futuro, habían hablado de boda, casa e hijos. Ella tenía toda su vida planeada con él y de repente la historia se terminó.

Mi amiga lloraba a mares, lloraba todo el día, lloraba hasta en sus sueños y cuando hablábamos por teléfono me decía “es que no puedo creer que siga llorando por él, me siento fatal porque yo no soy el tipo de mujer que llora así por un hombre”.

Y ahí lo entendí. No, claro que ella no es el tipo de mujer que llora así por un hombre… en realidad ninguna lo somos. Ella lloraba por ella misma, por su historia echada a perder, por sus sueños tirados a la basura.

Es como si estudiaras medicina durante años, te dedicaras a ser la mejor doctora del universo, le invirtieras a tu carrera las mejores horas de tu existencia y al final, en algún punto de la vida, te dijeran que ya no puedes ser doctora nunca más.

¿No llorarían desconsoladamente? Si tu sueño siempre fue ser doctora, si le dedicaste a eso lo mejor que tienes y de un día para otro alguien más decide quitártelo, llorarías hasta acabarte los ojos.

Eso es lo que hacemos cuando un hombre se va… Además de las lágrimas que se tienen que llorar por las heridas dejadas, lo que más nos duele es el sueño arrancado de la nada. Es la idea que tenías de pasar tu vida junto a una persona y de hacer todos los planes que juntos habían construido para que en un momento te los tiren a la basura.

Creo que por eso lloramos y lloramos tanto. Y sobre todo creo que por eso vale mucho la pena llorar.

Cuando ellos se van a hacer sus sueños y sus planes a otra parte, nosotras tenemos que llorar por la parte de nosotras que se fue con ellos, por los hijos que no tuvimos con ellos, por el papá de esos hijos, por el esposo que ya nunca va a ser. Llorar por tu casa perdida, por la pareja que iba a estar a tu lado en las cosas difíciles de la vida.

Llorar por la vida que ya no tendrás con esa persona.

Claro que lloramos un poco porque los extrañamos, porque te gustaban sus besos, porque era divertido pasar las tardes con él, porque la rutina era agradable, pero lloramos profundamente por la persona junto a él que ya nunca vamos a ser.

Si lo vemos desde este lado, vale la pena llorar todo lo que haga falta hasta enterrar a esa persona que ya no eres. Ya no eres su novia, ni serás su esposa, ni serás la madre de sus hijos. Esa Sra. De Fulanito ya nunca va a existir y hay que asegurarnos de despedirla bien porque después del periodo de duelo que vas a vivir, toca construir a una nueva persona, con cosas de la que eras antes de haberlo conocido, con todo lo que aprendiste de la relación, con todo lo que ahora conoces de ti que no sabías y con todo lo que no estás dispuesta a volver a vivir.

Ella será una versión nueva de ti y esta nueva mujer merece toda tu energía, toda tu fuerza y ninguna lágrima. Así que la próxima vez que una amiga esté llorado por un tipo, dejémosla llorar hasta que se le acaben las lágrimas.

Porque en el fondo, las mujeres nunca lloramos por ellos… Lloramos por nosotras mismas.

 

 

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Los consejos que nunca seguiremos

Cada vez que una de tus amigas cae con un patán (o con uno en potencia) te escuchas a ti misma diciendo algo como esto:

“¿Pero por qué pensaste que iba a ser diferente? ¿Qué, de tooooodo lo que ha hecho, te hizo pensar que esta vez iba a ser diferente?”

Mientras analizas mentalmente si es momento de mandarla al psicólogo… o si ya de plano el caso es de psiquiatra porque no es posible que cada tipo con el que sale tenga una historia similar.

Hasta que estás sentada en el banco de los acusados. En el diván de tus amigas.

Todas somos las mejores consejeras… pero jamás pondremos en práctica lo que sale de nuestra boca. Parece que las mujeres tenemos un arsenal de consejos increíbles para sacar a tus amigas del hoyo pero cada vez que se trata de no caer en el hoyo, se nos olvidan.

La semana pasada estuve con una amiga a la que le rompieron su corazón… por enésima vez, el mismo tipo. La historia es la misma que hemos vivido todas: una se enamora de puras ilusiones.

Pero mientras me contaba su más reciente pelea yo pensaba “bueno pero ¿qué necesidad? ¿Por qué se sigue poniendo de tapete? ¿Por qué le pide perdón? ¿por qué le importa lo que él piense? ¿Por qué es tan considerada con sus sentimientos si a él claramente no le importa?”

Preguntas que por supuesto le hice y se transformaron en consejos… “No amiga, es que no te pongas de tapete, que te valga si se siente ofendido por tu comentario… ¡a él le vale gorro herirte!”

Es tan común el consejo que llegó un momento en que nos quedamos viendo la una a la otra recordando cómo, hacía no más de un mes, ella me estaba diciendo esas EXACTAS palabras por un tipo al que yo le llevo una manzana diaria.

Mi historia con el tipo es muy diferente… y a la vez la misma: me enamoré de puras ilusiones. Y hace cierto tiempo él me rompió mi corazón, de una forma totalmente distinta, pero a la vez igual: valiéndole gorro mi existencia.

Y en ese entonces mi amiga era la mejor consejera y mientras yo le contaba como este tipo estaba hablándole de amor a Bety la Fea, ella pensaba “¿Pero por qué te pones de tapete? ¿Por qué pensaste que iba a ser diferente?”

Seguramente esto les ha pasado en más de una ocasión… seguramente han estado sentadas en ambos lados del diván y mientras les toca ser las consejeras seguramente han pensado que estaban dando el mejor consejo del mundo.

Y sin duda debe haber sido así… nuestra intuición nunca falla. Si en el estómago sentías que el tipo no era correcto para tu amiga, ¡seguro no lo era! Pero también debes haber sentido que el tipo con el que tú sales no es el correcto. Y decidimos ignorarlo.

¿Qué tal si, la próxima vez, cuando se prendiera la señal de alarma, cuando estuviéramos a punto de caer en el hoy y nuestro estómago nos avisara que estamos por caernos y quemarnos y todo tipo de torturas, decidiéramos seguir el consejo que nosotras mismas le daríamos a nuestras amigas en la misma situación?

Porque yo siempre estaré a favor de vivir la vida y YOLO y besa muchos sapos y déjate llevar… pero una llega a una edad chicas, en que cada tropiezo con la misma piedra deja estragos horribles.

Una llega a una edad en la que se da cuenta de que hay historias que se puede evitar, que al final, el tiempo sola haciendo cosas interesantes será mejor invertido que el poco tiempo de calidad que un patán te puede dar.

¿Qué pasaría si, cuando estés a punto de hacer algo que sabes (porque todas sabemos) que sólo te va a traer problemas innecesarios, te aconsejaras a ti misma y siguieras tu consejo?